miércoles, 12 de septiembre de 2007

Las preguntas sin respuesta

No recuerdo si fue antes o después del 59 -esa cifra que todos mencionan para dividir el tiempo histórico de Cuba-. Pero eso no es importante. Lo es que el suceso provocó una de las preguntas que aún no he podido responderme: ¿Porqué mataron a Cheo? Unos decían que por abusador. Otros, por guapo -sinónimo de valiente en La Isla-. Algunos, que "lo cogieron desprevenido". Y las causas equivocadas se acumularon sin que nadie despejara mi duda. Yo estaba allí cuando ocurrió. Y como otros espectadores del barrio, le vi correr, ensangrentado -las manos apretando su abdomen-, hasta que desapareció por la calle que lo llevaba a la Casa de Socorro de Luyanó, donde murió.

Era mulato, alto, robusto, bien parecido y padre de los hijos de Teresa, a quien mi madre confiaba la ropa de lavar para ganar el tiempo que le restaba el empleo de cajera en un hotel del Vedado. No sé de qué vivía Cheo, pero si que había recibido uno de los santos -Chango- que confiere a sus adeptos una de las religiones que profesan los cubanos. Su verdugo, también mestizo, pero más joven, era delgado y más pequeño, como su padre, que ayudó en la faena. La sentencia se ejecutó en la bodega de Antonio, un emigrante español con delirios de amar varones y buena consciencia para fiar víveres y licores a una clientela que, como él, sobrevivía a los vaivenes del mercado. Era bueno, pero no tonto y menos cobarde. Todos le respetaban, incluso Cheo y el contrincante que acabó con su guapería -esa actitud, buena o mala, que manifiesta el guapo-.

No vi cómo le dieron la primera puñalada, ni como Antonio, para expulsarlos de su negocio, saltó por encima de la barra cubierta de vasos de cerveza y saladitos que consumían el marido de Teresa y otros clientes. Me sumé a los espectadores cuando, ya herido, atravesaba la calle intentando alcanzar el comercio de Alvaro, enfrente al de su coterráneo -ambos en la esquina donde Marqués de la Torre intercepta con calle Mangos, al pie del costado norte de La Loma de La Iglesia-. Imaginé que quería armarse con uno de los cuchillos que, reposando, servían para lascar y/o cortar jamones y embutidos ofertados por las bodegas. Pero no lo logró porque antes de llegar le alcanzaron el joven y su padre, que descargó un machetazo sobre la espalda de quien parecía víctima y del que después supe fue quién sembró la situación por la cual rendía cuentas en ese momento.

"...no quiero verte en este barrió...", había dicho varias veces Cheo a quien ahora lo cocía a puñaladas. La motivación para forzarlo a emigrar era "cosa de hombres y poder de territorios", pero implicaba un conflicto: la casa donde vivía el amenazado era la de su familia y estaba a 30 metros de la cuartería donde el candidato a cadáver visitaba a sus hijos y se lavaba la ropa que yo usaba.

Nadie de los numerosos vecinos que presenció los hechos hizo algo más que gritar para evitar la tragedia. Cuando volví a casa cuidando con mis manos el papalote recién comprado -tenía formas y colores de la bandera cubana-, mis ojos adolescentes y mi corazón aún asustado por el baile de las armas ensangrentadas, me hicieron una pregunta que hoy, casi medio siglo después, no sé contestar.

Esta crisis sucedió cuando en mi vida todavía no habían comenzado las emigraciones sucesivas de que disfruté después. Vivía yo dentro de las fronteras cerradas de mi barrio, del que nunca había salido. Pensaba como “el aldeano maravilloso" que cree a su aldea el mundo entero y con tal que su papalote se eleve y que su rabo eche a bolina el de otros, da por bueno el domingo, sin pensar en los que fabrican conocimiento en la loma grande y que trabajan para cambiar el viento que juega con "Las Islas de este Mundo".

LB

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Me llamó la atención el nombre la Loma de la Iglesia. Yo nací y me crié en Luyanó, y recuerdo la Loma del Burro. Corre al pie el arroyo Pastrana que continúa a través del Reparto La Asunción, y desagua en la Bahía de La Habana. Recuerdo la iglesia en frente del hospital y clínica Hijas de Galicia. Allí nació nuestro hijo mayor en 1958. Entonces vivíamos en el Vedado. Ahora residimos en Raleigh, Carolina del Norte en EEUU. Me gustaron sus dos artículos con historias del barrio Luyanó.
Gonzalo Fernández

Lázaro Buría dijo...

Gracias Gonzalo por tu tiempo y por tus palabras. Sabes que yo nací en Hijas de Galicias como tu hijo, solo que 12 años antes. Los escenarios del barrio a que te refieres me son todos familiares y lo que me sucedió en uno de ellos -La Loma del Burro, cerca del barrio de Las Yaguas, ¿recuerdas?- será tema de uno de mis próximas crónicas. Salud y tranquilidad para su vida y la de los suyos, les desea,

LB

nancymar dijo...

este tambien me ha encantado... seguire visitando tu blog, un saludo.