domingo, 4 de noviembre de 2007

La decisión heroica

Era verano del 1968. Y ya podía andar libre de uniforme por las calles de La Habana. En París la juventud -"hippies", les decían-, hacían revolución. Pero aquí estábamos en cola frente al Ministerio del Trabajo para que nos ubicaran en la vida civil. Yo miraba y escuchaba a mis compañeros de generación para saber qué esperaban del futuro. De lo que más hablaban, era del salario a que se sentían con derecho después de 3 años a 7.00 pesos. Como no oí a ninguno aspirar a menos de 300.00 o 400.00 (buenísima cantidad para aquellos años), me interesó saber qué profesión y nivel cultural tenían. La mayoría no había terminado siquiera la enseñanza media y la principal habilidad que ostentaban era la de chófer, o escribir a máquina, y uno que otro se preciaba de carpintero, chapista, mecánico, u oficio de habilidad manual que, observándoselas, se sabía hasta donde serían capaz de ejercerlo.

Llega mi turno y el funcionario que me atiende comienza a hacer preguntas y rellenar un formulario. Termina y dice: "... tú tienes nivel, aquí tengo tu futuro, topógrafo. 24 días de trabajo y 6 de descanso. 200.00 de sueldo más dietas. Pero lo mejor es que al año, te mandan a Checoslovaquia a estudiar Ingeniería ..." Y para convencerme agrega: "Es la mejor oferta que tenemos, aprovecha." Acepté. Y metí en el bolsillo el documento para presentarme en el Instituto de Geodesia y Cartografía, que esta en la parte de atrás del Cementerio de Colón.

Al día siguiente, fui.

"¿Y que hacen dos militares ahí en la puerta?", me pregunté al entrar. Lo descubrí cuando el jefe de personal -otro oficial -, me explicó en que consistiría mi trabajo, las condiciones en que lo ejercería y trazó el destino de mi vida para los próximos 30 años -licenciado ya como especialista en mapas y enfrascado aún en concluir la descripción más fiel posible de la geografía y suelos de mi pequeña isla con sus 1800 cayos-. Tras casi dos horas de reunión, salí y vi los muros del cementerio con sus cruces. Me di cuenta que estaba ante una disyuntiva: volver al mundo militar -¡obviamente aquel instituto lo era!-, o intentar entrar en el de los cineastas -¡mi mayor deseo!-. Era como tener un pájaro en las manos, pero anhelar al que ves volando.

Mi primo Jorge había prometido ayudarme a entrar en el ICAIC -Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica- por medio de un amigo que tenía allí. Pero no le dio tiempo antes de marcharse a Miami. Y mientras atravesaba las calles llenas de tumbas y monumentos fúnebres, tomé la decisión heroica: "...¡Buría o Muerte!, lo hago solo..." , me dije. Minutos después salí a calle 12 por la entrada principal de la necrópolis para llegar al cruce con 23, donde 7 años antes se declaró "el carácter socialista de la Revolución Cubana". Y entré al imponente edificio blanco de 9 plantas a 30 metros de la famosa esquina y pedí ver al jefe de personal. No estaba. Me atendió su secretaria, Romelia: "¿Qué usted quiere?". Sin pestañear respondí: "Una plaza de Director de Cine". Y cortesmente, replicó: "Ahora no tenemos, pero hay otras, ¿le interesan?" Sacó una enorme hoja de contabilidad - de 24 columnas - y comenzó a leer decenas de ofertas: " ...hojalatero, jardinero, auxiliar de limpieza, de escenografía ...". La escuché con paciencia hasta que dijo " ...fregador de carros ..." Y emocionado respondí: "...esa, esa la mía ..." Era demasiado. Saltó.

- ¡Pero tú querías ser director!.
- Quiero empezar desde abajo y conocer toda la industria para hacerlo mejor.
- Eso dicen todos y al mes están protestando para que los trasladen o los promuevan.
- Si me da la plaza, no tendrá más noticias de mi hasta que no vea mis películas en las pantallas.

Y así fue, aunque tuvo que esperar 10 años. De todo lo que hice para conseguirlo, nada resultó más complicado que convencer al funcionario del Ministerio de Trabajo que me ubicó para cambiar el volante y darme otro como fregador en el garaje de 12 y 17. Allí, no recuerdo quién, me hizo una foto -con mi viejo pullover blanco- mientras descansaba después de dejar completamente limpio el Alfa Romeo color vino del entonces presidente del ICAIC: Alfredo Guevara.
LB

1 comentario:

Anónimo dijo...

Encuentro muy interesante la historia que vas escribiendo sobre tu vida. En cuanto al lavado de coches en el ICAIC, recuerdas haber limpiado el auto de Fraga, parejo de Alfredito Guevara?

Saludos, Gonzalo